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En búsqueda de raíces

 

Mis queridos nietos,

 

Les escribo a ustedes –Tamo, Midori y Jonathan- en calidad de adultos, y a ustedes – Ganhi, Tiis y Ryo- en calidad de esos niños o jóvenes adultos que serán al momento de leer esta carta. Sin embargo, ante todo, quisiera agradecerles por compartir sus vidas conmigo; ha sido un placer ver a cada uno de ustedes desde que eran bebés y ser testigo del milagro que cada vida implica. Ustedes han sido un encanto, y han traído mucha alegría a mi vida (y uno o dos dolores de cabeza también). Les agradezco por el privilegio de ser su Abu o Bompa.
 

A pesar de que tres de ustedes - Tamo, Midori y Jonathan- nacieron en los ’90, la mayor parte de su vida transcurrirá en el siglo XXI. Y, por supuesto, Ganhi, Tiis y Ryo, sus vidas enteras transcurrirán en el siglo XXI. Las historias de mi vida que aquí relataré les parecerán sacadas de un libro de historia, ya que ustedes conocen mis recuerdos de vida exclusivamente a través de los libros, de las películas y de los videos.

 

Mis abuelos vinieron mucho antes, entre 1904 y 1908, y estoy seguro de que viajaron en un barco muy poco  hospitalario y en malas condiciones. Eran pobres y pasaron años en Canadá abonando el costo del viaje. Imagino que vinieron en un “vagabundo naval”, un barco de carga al que le llevó por lo menos tres semanas cruzar el océano 
 

¿Por qué motivo mis abuelos –sus tatarabuelos- dejarían un país que era su hogar por un futuro incierto en Canadá? Tal como en la actualidad la gente desesperada huye de Vietnam, Haití o Cuba y cruza océanos o mares inestables con el objetivo de llegar a nuevas tierras, los padres de mis padres fueron motivados por una pobreza tan extrema que valía la pena para ellos asumir el riesgo
 
Por otro lado, como ya lo saben, Nana y yo hemos trabajado mucho con los Pueblos Originarios en Canadá y con otras comunidades nativas en otras partes del mundo. Aprendimos tanto de ellos sobre formas radicalmente diferentes de ver la tierra. Para los pueblos que han habitado un área por miles de años (más que por décadas -o incluso siglos-), la tierra es mucho más que un producto, es su hogar. Y es sagrada.  
 

Sin embargo, los nativos no veneraron la tierra de forma automática. Aprendieron a respetarla a través de los errores y el conocimiento de sus antepasados. Recuerden que mi entorno es relativo a la genética, y me maravillé al ver cómo los científicos utilizan el ADN, nuestro material genético, para rastrear el movimiento de los pueblos a través del planeta a lo largo de la historia. Y todos los caminos conducen hacia África hace 150.000 años. Ese es el lugar de nacimiento de nuestras especies, lo cual significa que somos todos de origen africano. ¿Pueden imaginar cómo habrá sido África cuando los seres humanos habitaron por primera vez el planeta? Los valles deben haber estado repletos de animales, en abundancia y variedad, mucho más de lo que podríamos ver en Serengeti en la actualidad. Y si pensamos en nuestros más antiguos antepasados, que deben haber sido un pequeño grupo de personas con insuficiencia de tamaño, velocidad y fuerza, así como de agudeza de visión, oído y olfato (en comparación con las demás criaturas), debemos preguntarnos cómo sobrevivimos con tantos grandes, fuertes y veloces animales a su alrededor. Nuestra gran ventaja era nuestro órgano de dos kilos insertado en lo profundo de nuestro cráneo: el cerebro humano. El cerebro nos dotó de una memoria prodigiosa, de una curiosidad insaciable, de una observación aguda y de una creatividad extraordinaria, cualidades que compensaron nuestras capacidades físicas y sensoriales inferiores. El genetista francés François Jacob, ganador del Premio Nobel, una vez me dijo que el cerebro humano tiene una “necesidad integral de orden”. En otras palabras, no nos gusta cuando pasan cosas que no tienen sentido para nosotros. Por lo que, en nuestra calidad de criaturas curiosas, al mirar, toquetear y aprender constantemente, adquirimos conocimientos acerca de nuestro alrededor y, si Jacob está en lo cierto (que así lo creo), tenemos la necesidad de acomodar todo junto en una imagen cohesiva de relaciones casuales e interconectadas, o bien en lo que algunos llaman “cosmovisión”, en donde todo está conectado y nada existe de manera separada o aislada.
 

Mediante el uso de sus grandes cerebros, los primeros seres humanos encontraron maneras de explotar su alrededor. Se cubrían con barro o se camuflaban con pasto o ramas para escabullirse y cazar. Podían cavar hoyos para atrapar animales, arrojar lanzas a criaturas más grandes como mamuts, o llevar animales hasta acantilados a través de muros de rocas que habían ubicado allí. Atrapaban peces mediante el uso de canastos simples o de anzuelos de madera. Hacían refugios en cuevas usando rocas, ramas y juncos. ¡Y qué animales observadores e imaginativos que eran nuestros antecesores! Debían serlo para sobrevivir.   
(...)
Los científicos sugieren que los humanos eliminaron a los mamuts (de uno solo de esos animales se podía alimentar a mucha gente por un tiempo), a los uapitíes, a los leones marsupiales, a los perezosos gigantes, y a los bos primigenius. A medida que los seres humanos ocupaban nuevos territorios, exterminaban ciertas plantas y animales. Cuando las personas llegaron a Australia hace más de cuarenta mil años, el continente estaba cubierto de un vasto bosque. Esos primero migrantes llevaron la tecnología del fuego, y la quema sigue siendo una parte clave de la cultura aborigen actual. Como consecuencia de ello, el país entero ha sido completamente transformado. Tamo, Midori y Jonathan, capaz que ustedes escucharon la historia clásica sobre la Isla de Pascua. Cuando los europeos llegaron allí, encontraron esculturas de roca de cabezas gigantes. Sin embargo, las personas vivían en extrema pobreza y violencia, con frecuencia atacándose y hasta comiéndose unas a otras. ¿Cómo podía ser que personas tan miserables pudieran haber tenido el conocimiento y la habilidad de tallar esos monolitos? Más tarde, los europeos encontraron el lugar de donde habían extraído las rocas y descubrieron que habían sido movidas sobre ruedas hechas de árboles a lugares a lo largo de los límites de la isla. Alguna vez la isla estaba cubierta de bosques y, en algún punto, los habitantes deben haberse dado cuenta de que, al ser deforestados, estaban desapareciendo. Sin embargo, continuaron deforestándolos hasta que no quedó árbol alguno; y así, su modo de vida desapareció. Al menos esa es una de las formas en que las personas reconstruyeron la historia.  


(...)
A lo largo de grandes períodos de tiempo, a medida que las personas fueron habitando diferentes zonas de la Tierra, comenzaron a reconocer que la naturaleza era la fuente de su vida y de su sustento, y que la Tierra debía ser tratada con respeto y con cuidado. Este saber se convirtió en la base del conocimiento y de las culturas indígenas, que son el resultado de lecciones aprendidas a través de miles de años de experiencia. Ese es el motivo por el cual es importante luchar para mantener dichas culturas con vida. Una vez que no estén, jamás serán reproducidas. No es que los pueblos indígenas se encuentren siempre en balance con la naturaleza. Sin embargo, tienen una perspectiva diferente de la relación con nuestro entorno. Considerar a la biósfera como la Madre Tierra y entender que fuimos literalmente creados por su cuerpo de aire, agua, tierra y luz solar es radicalmente diferente considerar que el mundo es un recurso; cuando ello sucede, la Madre Tierra se convierte en una veta primordial. Y los pueblos indígenas lo han aprendido a través de sus propios actos de extinguir animales y plantas. Les he contado estas historias porque ellas han constituido una parte importante en mi aprendizaje, y espero que los ayude a comprender su lugar en el mundo. Ganhi y Tiis, su padre Haida y su nannai (abuela) y chinnai (abuelo) nos han enseñado mucho a Nana y a mí y nos han inculcado esa sentido de conexión con el lugar. Tamo, Midori, Jonathan y Ryo, espero que también hayan adquirido ese mismo sentido de nosotros.  

D.S.

Tribute